may 31 2011
Playa de Sesimbra
Antes de nada, he de pediros perdón por estos meses de abandono, espero que no me lo tengáis en cuenta porque ya sabéis como es esto de la inspiración para escribir, que viene y va “como un recuerdo, como un espejismo”. Creo que ya es hora de desempolvar un poco el blog y hablaros de la última excursión que hemos realizado por tierras lusas: la visita a las playas de Sesimbra.
Sesimbra es una villa portuguesa situada al sur de Lisboa, concretamente en la península de Setúbal. Nos habían comentado que en esa zona hay una playa de difícil acceso que merece la pena visitar y aprovechando un domingo caluroso y como buenos domingueros (cinco en el coche y con sombrilla incluida) nos pusimos en camino a la búsqueda de la playa perdida.
Llegar a Sesimbra fue pan comido, es lo que tiene que las carreteras portuguesas no tengan misterios para nosotros (bueno, lo de llevar GPS también influye). Una vez en Sesimbra empezó la parte complicada del viaje: encontrar la playa. Menos mal que contábamos con guías semi-autóctonos que nos indicaron el camino. He de reconocer que dudo que hubiésemos encontrado la playa sin su ayuda.
En el momento que nos salíamos de Sesimbra y que la carretera de asfalto se convirtió en una pista de arena y grava tomamos conciencia de lo apartada que debía estar esa playa. La carretera serpenteaba ascendiendo de forma pronunciada poniendo en serias dudas que el Ibiza pudiese aguantar el camino. Despacito y con buena letra, conseguimos coronar y aparcamos el coche cerca de una cantera, donde aunque había más coches, no había problemas de espacio. Lo bueno es que hasta aquí todavía no han llegado los gorrillas.

Desde este punto podíamos ver el mar muy abajo y no había rastro de ninguna playa, pero el hecho de que hubiese más coches aparcados nos hizo lanzarnos a la aventura ladera abajo, atravesando todo tipo de vegetación (árboles, flores, ortigas, pinchos) que hacían muy ameno el camino. Como a la mitad de trayecto tuvimos el primer contratiempo y como no podía ser de otra forma, conmigo de protagonista, me había dejado el móvil en el coche. Y aunque el móvil no es demasiado valioso, el miedo a que me reventasen un cristal del coche me hizo desandar el camino para recuperarlo. Una vez en el coche, descubrí (cosa que nadie sabe y negare hasta la sepultura) que el móvil no estaba allí, sino que lo había metido en uno de los bolsillos traseros del pantalón y había estado ahí todo el tiempo. Que le voy a hacer si soy así de despistado…
Una vez que me reincorporé al grupo proseguimos con el descenso hasta que poco a poco comenzamos a divisar una playa de aspecto paradisíaco y que hizo que valiese la pena el paseo. Pudimos comprobar desde las alturas como había algunos barcos de domingueros un poco más profesionales y pudientes que podían saltarse el tramo de caminata y llegar directamente a la cala.

De la playa poco que decir, una de las playas más bonitas en las que he estado, poca gente, mar en calma y agua fresquita. El único problema fue el aire que se levantó a media tarde, pero bueno, eso es algo con lo que vamos a tener que aprender a convivir aquí en Portugal.
Una vez dimos por terminado el día de playa, desandamos el camino realizado y subimos con los bártulos hasta el coche nuevamente. Pero este no fue el punto y final de la aventura, sino que todavía tuvimos tiempo de ir a visitar el cabo de Espichel con unas vistas muy bonitas e impresionantes. Pero eso ya es otra historia.












